OPINIÓN | Las cosas claras y el biometano espeso

Opinión Juan Antonio Martinez

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Dice el refrán que las cosas claras y el chocolate espeso. Y quizá ahí esté una de las claves de todo lo que está pasando en Navarra con las plantas de biometanización: ni lo uno ni lo otro. Ni claridad en la información ni un debate reposado que permita a la ciudadanía entender qué se quiere hacer, por qué y con qué consecuencias.

En los últimos años Navarra ha visto cómo se multiplicaban los proyectos de plantas de biometano. Sobre el papel, la propuesta suena bien: economía circular, aprovechamiento de residuos, energía renovable. Conceptos amables, modernos y difíciles de rechazar sin parecer contrario al progreso. El problema llega cuando se levanta un poco el telón y aparecen demasiadas sombras para un sector que presume de ser limpio y transparente.

Porque da la impresión de que ni las empresas privadas que están promoviendo estas instalaciones —que han proliferado como setas— ni tampoco las administraciones públicas están explicando toda la verdad que hay detrás de estos proyectos. O, al menos, no la están explicando de forma clara, completa y comprensible. Y cuando eso ocurre, algo empieza a fallar.

Fundación Sustrai Erakuntza lo ha dicho sin rodeos: muchos de los proyectos planteados en Navarra no responden a necesidades reales del sector primario ni de la ciudadanía. Responden, más bien, a una oportunidad de negocio detectada por el sector de las energías renovables, que ha visto en el biometano un nuevo mercado al que subirse deprisa, antes de que cambien las reglas. Esa sensación de carrera, de burbuja incipiente, es compartida por cada vez más vecinos y vecinas en los municipios afectados.

No existe una planificación territorial clara para este tipo de instalaciones. No se ha explicado cuántas plantas son necesarias, dónde deberían ubicarse, con qué límites ni con qué criterios. Tampoco se ha despejado una duda clave: si realmente hay residuos suficientes en Navarra para alimentar todas las plantas proyectadas sin tener que traerlos de fuera, con el consiguiente aumento de tráfico pesado, emisiones y molestias. Cuando varios proyectos comparten prácticamente la misma área de influencia, la pregunta es inevitable: ¿de dónde va a salir toda esa materia prima?

Ante este escenario, el Parlamento de Navarra aprobó una moratoria de 12 meses para la tramitación de nuevos proyectos. Una pausa que pretende ganar tiempo para evaluar lo que ya está en marcha, pero que nació recortada: no es retroactiva y deja avanzar a aquellas iniciativas que se encontraban en fases más avanzadas de tramitación. Una moratoria a medias que no ha disipado las dudas ni ha calmado la preocupación social.

Y lo más significativo es que esta sensación de opacidad no pertenece solo al pasado. Ni siquiera con la moratoria ya en vigor se ha producido un cambio evidente en la forma de informar y dialogar con la ciudadanía. El caso de Sesma es especialmente ilustrativo. Allí, más de 70 personas tuvieron que informarse en plena calle y en pleno invierno porque no se facilitó un espacio municipal para una charla informativa sobre una planta de biometano prevista en su entorno.

Informarse en la calle no debería ser la norma en un asunto que afecta al entorno, a la salud, al paisaje y al modelo agrícola de un municipio. No se trataba de una protesta ni de un acto político, sino de una reunión para explicar datos y documentación oficial. Cuando ni siquiera eso encuentra un cauce institucional adecuado, el mensaje que se traslada es claro: la información llega tarde, mal o no llega.

Por eso no sorprende que partidos como EH Bildu o Contigo Zurekin hayan puesto el foco en la falta de transparencia y en la necesidad de datos rigurosos. No para bloquearlo todo, sino para hacerlo bien. Para decidir qué modelo de biometanización quiere Navarra y al servicio de quién debe estar. Porque la transición energética no puede construirse a base de hechos consumados ni de expedientes técnicos incomprensibles para la mayoría.

La ciudadanía no pide milagros. Pide información clara, participación real y decisiones que piensen primero en el interés general. Cuando eso no ocurre, cuando se ocultan datos o se minimizan impactos, el resultado es desconfianza. Y sin confianza, no hay proyecto verde que se sostenga.

Quizá el problema no sea el biometano en sí. Quizá el problema sea cómo se está gestionando. Y mientras las cosas sigan sin estar claras, el chocolate, además de espeso, corre el riesgo de amargarse.

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