NAVARRA | Hablar del bullying ya no basta: hay que prevenirlo

Expertos y familias piden educación emocional, escucha activa y más recursos ante una violencia que sigue invisibilizada

Especial Bullying en TDN

Javier González, Paco Carcavilla y Saioa Pérez

El acoso escolar en Navarra sigue siendo una realidad incómoda, dolorosa y muchas veces invisible. Aunque hay más conversación social que hace unos años, quienes conviven con esta violencia aseguran que todavía se llega tarde en demasiados casos.

Ese fue el eje de un programa especial de Televisión Digital de Navarra dedicado al bullying en el que participaron Saioa Pérez, psicóloga clínica en el Centro de Salud Mental de Tudela; al docente experto en inteligencia emocional Javier González; Paco Carcavilla, presidente de la Asociación Camino a la Vida.

El testimonio de Paco deja claro que la clave está en actuar a tiempo, antes de que el daño sea irreversible: Mi hijo ya no está aquí y ninguna ley me lo va a devolver, pero hoy estoy aquí como presidente de la asociación para que ningún otro padre tenga que hablar en pasado de su hijo.” 

Los tres coincidieron en que el bullying no puede tratarse como una simple “cosa de críos”.

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“Estamos ante el sufrimiento de menores. Es un sufrimiento que muchas veces no se escucha, se mira para otro lado y se invalida.”

Claves de la entrevista

Qué es el bullying y por qué no puede minimizarse

Saioa Pérez recordó que el acoso escolar es, ante todo, violencia entre iguales. No se limita a una discusión puntual ni a un roce aislado en el patio. Tiene tres rasgos clave: intención de hacer daño, repetición en el tiempo y una desigualdad de poder que deja a la víctima en una posición muy difícil para defenderse.

Ese daño puede tomar muchas formas. Está la agresión física, pero también otras menos visibles: robos o amenazas, insultos, motes, aislamiento social, difusión de rumores o humillaciones que van desgastando a la víctima. En muchos casos, todo eso se traslada además a redes sociales y mensajería.

La psicóloga insistió en una idea que atraviesa todo el problema: el bullying no termina cuando acaba la jornada escolar. Hoy, el acoso puede seguir fuera del aula, en la calle y también en el móvil, lo que amplía el tiempo de exposición al sufrimiento.

Las señales existen, pero muchas veces no se interpretan

Uno de los puntos más repetidos durante la conversación fue que las señales suelen estar ahí, aunque el entorno no siempre sabe leerlas. Cambios bruscos de carácter, irritabilidad, aislamiento, rechazo a ir al colegio, dolores físicos frecuentes, alteraciones del sueño, bajada del rendimiento o abandono de actividades habituales pueden indicar que algo no va bien.

Saioa Pérez explicó que también pueden aparecer cambios en el apetito, ansiedad o una pérdida repentina del interés por planes que antes sí motivaban al menor. No son pruebas automáticas de acoso, pero sí avisos que exigen parar, observar y preguntar mejor.

Paco Carcavilla aportó una reflexión especialmente dura desde la experiencia personal. Admitió que en su familia tardaron en comprender lo que estaba ocurriendo porque, simplemente, no sabían interpretar aquellas señales. “No estamos preparados, no estamos formados para analizar o para leer esas señales”, resumió.

Ese desconocimiento, subrayó, hace que muchas familias minimicen lo que cuentan los menores o lo atribuyan a cambios de etapa, carácter o adaptación. El problema es que, mientras los adultos dudan, el daño sigue avanzando.

Cuando el daño ya llega a consulta

Desde el ámbito clínico, Saioa Pérez describió el escenario que encuentra cuando el caso ya ha superado la fase de sospecha. En consulta, explicó, no llega la prevención, sino las consecuencias: depresiones severas, ansiedad, estrés postraumático, miedo intenso e ideación autolítica.

Su mensaje fue claro: cuando el bullying se cronifica, el impacto no es superficial ni pasajero. Afecta a la identidad del menor, rompe la autoestima y obliga a procesos terapéuticos largos. “Ya me vienen niños que están muy dañados”, señaló, al explicar la complejidad de reparar ese sufrimiento.

Por eso defendió que la escucha no puede empezar cuando el problema ya ha explotado. Tiene que llegar antes, en casa, en el aula y en los espacios cotidianos donde muchas veces se detectan los primeros cambios.

La familia, primera línea de prevención

Tanto la psicóloga como los otros invitados coincidieron en que la prevención del bullying empieza en casa. No con discursos largos, sino con tiempo real, escucha activa y preguntas menos automáticas. No basta con el clásico “¿qué tal?” o con revisar solo las notas.

Javier González defendió que las familias deben incorporar con naturalidad el lenguaje emocional. Preguntar “cómo te sientes” y sostener esa conversación sin juzgar puede abrir una puerta decisiva. También insistió en que los adultos hablan demasiado y escuchan poco.

Saioa Pérez añadió que muchos niños callan porque perciben a sus padres cansados, saturados o preocupados, y no quieren convertirse en “una carga”. Ahí está uno de los nudos del problema: el menor sufre, pero intenta proteger a los adultos mientras se va encerrando cada vez más.

Cuando aparecen indicios, la recomendación es concreta: escuchar, no precipitarse, registrar episodios, anotar fechas, lugares o testigos y comunicarlo al centro educativo. Si la respuesta no es suficiente, la familia debe escalar el caso a instancias superiores y, si es necesario, denunciar.

La escuela necesita más prevención y menos reacción tardía

Otro de los grandes consensos del debate fue que los protocolos escolares, tal como están funcionando en muchos casos, llegan tarde. Paco Carcavilla los definió como instrumentos reactivos: actúan cuando el daño ya está encima de la mesa, pero no siempre sirven para frenarlo antes.

Además, se reclamó que la carga no recaiga solo sobre el profesorado. Los docentes necesitan formación, sí, pero también apoyo especializado. La propuesta fue clara: incorporar más profesionales de salud mental y reforzar una intervención coordinada entre familias, centros y servicios especializados.

Saioa Pérez fue un paso más allá y planteó una idea de fondo: integrar de forma real la educación socioemocional en el currículo desde edades tempranas. No como una charla suelta, sino como un aprendizaje continuo para identificar emociones, pedir ayuda, negociar conflictos y desarrollar empatía.

El papel clave de los compañeros que observan

Uno de los aspectos más relevantes del programa fue el foco en quienes presencian el acoso. Javier González recordó que muchos casos se mantienen porque los testigos callan, por miedo o por no ser vistos como “chivatos”. Cambiar esa mirada es esencial.

La idea compartida por los tres participantes fue que avisar no es delatar, sino proteger. Cuando un compañero deja de ser espectador pasivo y da el paso de pedir ayuda a un adulto, el acoso puede frenarse antes de que escale.

En este punto, Javier González mencionó la estrategia finlandesa KiVa, basada en trabajar no solo con agresores y víctimas, sino también con el grupo observador. Ese enfoque, explicó, ha logrado reducir el acoso en países que han apostado por una prevención más completa y sostenida.

Una emergencia social que obliga a mirar de frente

El especial dejó una conclusión compartida: el bullying es un problema social, no un asunto privado entre menores. La violencia que se tolera, se banaliza o se silencia fuera del aula también acaba entrando en ella.

Paco Carcavilla resumió esa urgencia con una frase que concentró el sentido de toda la conversación: “El bullying no es cosa de niños, es una emergencia social que nos está robando el futuro”. La afirmación no buscó cerrar el debate, sino abrirlo más y mejor.

Porque si algo quedó claro en la conversación es que mirar hacia otro lado ya no sirve. Hablar del bullying salva vidas, pero prevenirlo a tiempo, escuchar con verdad y educar emocionalmente puede cambiar muchas más.

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