OPINIÓN | La Ribera no puede esperar más Opinión Juan Antonio Martínez Opinión Juan Antonio Martínez J.A. Martínez Opinión | 13/04/2026 8:54 Anuncio Hay obras que se convierten en símbolo. Unas por lo que representan. Otras, por lo que desesperan. Y luego está la segunda fase del Canal de Navarra, que empieza a entrar peligrosamente en esta segunda categoría. Porque sí, todos estamos de acuerdo en lo importante: el agua no es un lujo, es futuro. Sin agua no hay agricultura competitiva. Sin agua la industria agroalimentaria se resiente. Sin agua la Ribera pierde oportunidades, población y músculo económico. Y sin embargo, aquí seguimos: décadas hablando de lo mismo. El proyecto de la segunda fase del Canal de Navarra lleva tanto tiempo sobre la mesa que casi forma parte del paisaje político. Se habla de 20 años de retraso, pero la realidad es más cruda: estamos ante cerca de 40 años de debates, informes, modificaciones y promesas. Una eternidad. Y aquí surge una paradoja difícil de ignorar. La segunda fase del Canal de Navarra, la que debe llevar agua al sur de la Comunidad foral, sigue sin arrancar, mientras otras grandes obras de referencia avanzan, aunque sea lentamente, a lo largo del tiempo. No es una comparación de proyectos, sino de estados: hay obras que avanzan y otras que ni siquiera han salido del punto de partida. Porque ese es el gran problema: no estamos discutiendo si el canal es necesario. Eso ya no se discute. Existe un consenso amplio social, técnico y económico. La primera fase demostró que funciona: más productividad, más empleo, más valor en el campo, más actividad económica. Cada euro invertido vuelve. Y vuelve con creces. Entonces, ¿qué falla? Falla que todo está… pero nada arranca. El proyecto está aprobado. La declaración de impacto ambiental, también. La financiación está encauzada, con apoyo incluso del Banco Europeo de Inversiones. Las expropiaciones avanzan. Sin embargo, la licitación sigue sin fecha. Y conviene recordar que la ejecución de esta obra no depende de una sola administración. Intervienen el Gobierno de Navarra, el Gobierno de España y entidades públicas como ACUAES y CANASA. Precisamente por eso, la falta de concreción en los últimos pasos resulta todavía más difícil de entender: cuando participan varias administraciones, la responsabilidad se diluye, pero el resultado sigue siendo el mismo, la falta de avance efectivo. Lo paradójico es que, desde el punto de vista técnico y económico, existe un consenso prácticamente unánime sobre la utilidad del proyecto. Sin embargo, esa claridad contrasta con la lentitud en la toma de decisiones. Es difícil explicarlo sin caer en la frustración que se percibe en la sociedad. Porque lo que antes era paciencia, ahora es cansancio. Y lo que antes era confianza, empieza a parecer resignación. Por si fuera poco, en lugar de certezas, lo que llegan son debates. Que si ajustes técnicos. Que si revisión de dimensiones o de fases. Que si posibles cambios en la planificación. Es decir: después de décadas de espera, el riesgo no es solo seguir esperando, sino que el proyecto pierda definición en el camino. Y eso sí que no. La Ribera no necesita un proyecto rebajado. Necesita el proyecto completo. Porque aquí no hablamos solo de regar campos. Hablamos de fijar población, de sostener empleo, de competir en igualdad de condiciones y de prepararse para un futuro donde el agua será, cada vez más, un recurso estratégico. Además, hay algo que no se puede ignorar: el cambio climático. Cada año aumenta la incertidumbre, la presión sobre los recursos hídricos y el riesgo de sequías más intensas. En ese contexto, el canal no es una obra más: es una herramienta de adaptación. Por eso resulta tan difícil de entender que, teniendo todo avanzado, sigamos atascados en los últimos metros administrativos. Como si lo más complicado no hubiera sido diseñar la infraestructura, sino decidirse a ejecutarla. Se suele decir que “las cosas de palacio van despacio”. Pero esto ya no es lentitud institucional. Es la sensación de un bloqueo que empieza a tener consecuencias reales. El compromiso es claro: licitar cuanto antes y finalizar antes de 2030. Bien. Pero la Ribera ya no vive de compromisos. Vive de certezas. Y esas, de momento, no llegan. Porque al final, la sensación es esta: Navarra sabe lo que tiene que hacer. Tiene el proyecto. Tiene la necesidad. Tiene el consenso. Solo falta lo esencial: pasar de la decisión a la ejecución. Anuncio Anuncio Tagsopiniónsoydenavarrajuan antonio martínezde gorra y letra Anuncio Comentarios ¿Quieres comentar esta noticia? Déjanos tu opinión rellenando este formulario
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