OPINIÓN | Pueblos cerca de la ciudad, pero lejos del autobús

Opinión Juan Antonio Martínez

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Hay una frase que se repite cada vez que alguien decide quedarse a vivir en un pueblo: “aquí se vive mejor”. Más tranquilidad, más comunidad, más calidad de vida. Todo eso es cierto… hasta que necesitas moverte.

Entonces aparece la otra cara de la moneda: la de los horarios imposibles, los transbordos inciertos y los pueblos que están a diez minutos de una ciudad, pero a años luz en términos de movilidad.

Lo que está ocurriendo en localidades como Lodosa o Barillas no es una anécdota. Es el reflejo de un problema más profundo: Navarra sigue teniendo, en materia de transporte público, ciudadanos de primera y de segunda.

El caso de Lodosa resulta casi paradójico. Para ir a Pamplona no basta con subirse a un autobús y llegar. Hay que hacer escala en Estella. Y eso sería asumible si el sistema funcionara como un reloj. Pero no siempre ocurre. Puede pasar que el segundo autobús esté lleno y que el viaje termine allí, en mitad del trayecto. En otras palabras: puedes salir de tu pueblo con destino a Pamplona… y no llegar nunca. No es extraño que en Lodosa muchos describan ya como un ‘viacrucis’ el simple hecho de viajar a la capital navarra.

La solución provisional que se propone —un billete único que garantice plaza en el segundo autobús— no parece precisamente revolucionaria. Es simplemente sentido común.

Mientras tanto, a pocos kilómetros de Tudela, en Barillas, la realidad tiene otra forma pero el mismo fondo. Cuatro autobuses al día para un pueblo que está a diez minutos de la capital ribera. Cuatro.

Puede parecer suficiente sobre el papel, pero la vida no funciona en papel. La vida tiene citas médicas, institutos, horarios laborales, compras y urgencias. Y cuando el autobús no encaja con esa realidad, lo que aparece es la dependencia del coche. Hasta que un día no puedes conducir. Ahí es cuando se descubre si hay red… o si hay vacío.

La denuncia de una vecina que se ha roto un brazo ha puesto palabras a algo que muchos saben pero pocas veces se dice en voz alta: en los pueblos, todo funciona bien mientras puedas coger el coche. Cuando no puedes, la autonomía desaparece de golpe.

Y no afecta solo a una persona. Afecta a adolescentes que dependen del autobús para estudiar, a mayores que quieren seguir siendo independientes o a familias que intentan conciliar sin vivir pendientes del volante.

Por eso la frase que ha circulado por redes tiene tanta fuerza: “vivir en un pueblo no debería convertirse en un castigo”.

Ahora bien, también conviene reconocer algo importante: el Gobierno de Navarra no está de brazos cruzados. La nueva licitación del transporte en la zona del Pirineo —más de 32 millones de euros y servicio para 61 municipios— demuestra que hay trabajo en marcha y voluntad de mejorar el sistema. El problema es otro: la velocidad a la que llegan las soluciones.

Mientras unas zonas avanzan, otras siguen esperando. Y esa espera, cuando hablamos de movilidad, no es neutra. Cada año sin transporte suficiente es un empujón más hacia la despoblación.

Porque la gente puede aceptar muchas cosas en un pueblo: menos ocio, menos comercios o más kilómetros para algunas gestiones. Pero lo que cada vez resulta más difícil aceptar es no poder moverse con normalidad.

La movilidad no es un lujo. Es la puerta de acceso al resto de servicios: sanidad, educación, empleo o administración. Sin transporte público, la igualdad territorial se convierte en un eslogan.

Navarra ha hecho muchas cosas bien para sostener su mundo rural. Pero hay una verdad incómoda que conviene recordar: ningún pueblo se vacía de un día para otro. Se vacía poco a poco, servicio a servicio. Y el autobús, aunque a veces parezca un detalle menor, suele ser uno de los primeros avisos.

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